

Mensaje 1° Domingo de Cuaresma - 01/03/2020 - IELA de L. N. Alem, Misiones - Pastor Jorge Krüger
Romanos 5:12-19 (Destaque v. 12 y 18) ¡Cristo tiene el antídoto contra el virus del pecado!
Introducción: En los últimos días se habla mucho del coronavirus y el dengue. Dos enfermedades altamente contagiosas que preocupan a las autoridades de salud y asustan a la población. Principalmente el coronavirus que desde China se desparramó hacia más de 50 países, contagiando a casi 100 mil personas (estos números están cambiando).
Al no tener el antídoto que combate o cura estas enfermedades, la urgencia consiste en tomar todas las medidas de seguridad para evitar la proliferación del virus. Algunos países decidieron cerrar sus fronteras, advierten a la población a usar barbijos, a evitar aglomeraciones y transportes públicos y, en caso de sospecha de contagio, recomiendan a permanecer en cuarentena.
Hay quienes procuran minimizan la problemática para no alarmar a la gente. Otros medios se encargan de infundir mayor temor. Además, hay mucha información apócrifa sobre el tema. Lo más evidente de todo esto es que nadie quiere ser contagiado por este virus. ¡Queremos distancia del mismo!
Ley: Pero hay otro virus que es más peligroso. Y si no se hace nada, es fatal. Arruina la salud física y espiritual. Este virus se llama pecado. La Biblia nos da muchas informaciones sobre este virus. Habla de su origen, de su propagación, de sus consecuencias nefastas; pero también habla de su antídoto, de su tratamiento y de la sanidad.
Qué bueno sería si el pecado mantendría a toda la humanidad tan alarmada y despierta, como lo hace el coronavirus. El problema está en que el pecado nos hizo ciegos y sordos en relación al propio pecado y sus consecuencias. Afectó a toda la raza humana de tal manera que hasta el sistema inmunológico dejó de funcionar contra este virus. Nuestro ser se siente cómodo con el pecado, aunque padece dolor, culpa y castigo, sin reconocer la verdadera causa.
El apóstol Pablo dice a los romanos: “Por tanto, como el pecado entró en el mundo por un hombre y por el pecado la muerte, así la muerte pasó a todos los hombres, por cuanto todos pecaron” (5:12). El pecado entró en el mundo por un hombre – Adán. Con Adán y Eva, que representaban a toda la humanidad, entró el pecado. Y por el pecado la muerte. Ahí está la consecuencia directa: muerte. No solamente muerte física, sino muerte espiritual y muerte eterna (condenación). Así la muerte pasó a todos los hombres, por cuanto todos pecaron.
El virus del pecado no se propagó solo en China, Japón, Corea, Italia y algunos países más. Está en toda la raza humana desde Adán hasta el último que habitará este planeta.
La OMS Organización Mundial de la Salud no puede hacer nada para evitarlo. La proliferación es inevitable. Porque nacemos con el virus mortal que es parte de nuestra esencia corrupta. Está en nuestro ADN.
El pecado contagió a toda la humanidad. Es una verdadera pandemia de la cual nadie está inmune. Este problema está en cada uno de nosotros. Se refiere a nuestra identidad y no solo a lo que hacemos.
No somos pecadores porque pecamos. Sino que pecamos, porque somos pecadores. El problema reside en nuestro ser y no tanto en el hacer. Cada célula de nuestro organismo está enferma por este virus mortal.
Por eso no podemos considerar algunos pecados más condenables que otros. Enumerar pecados o clasificarlos no tiene mucho sentido. Nuestra tendencia es señalar algunas manifestaciones pecaminosas más que otras. Principalmente los que el prójimo comete solemos considerar más graves que los nuestros.
Aun si fuéramos paralíticos o estaríamos en estado inconsciente, sin poder decir y hacer nada malo, somos pecadores igual que los demás. La raza humana es pecadora por naturaleza. El ser humano, es un ser pecador.
Nuestros anticuerpos no pueden luchar contra este virus condenatorio. La cura no está en nosotros y en ningún recurso humano. Ninguna ciencia jamás lo podrá combatir. No adelanta permanecer aislados en cuarentena. El tiempo no cambia nuestra situación. Generación tras generación padece y padecerá este flagelo.
Toda maldad que se tiene noticia, y prohibida por los mandamientos, como idolatría, desprecio a Dios y a su palabra, afronta a las autoridades, muerte, adulterio, hurto, mentira, codicia, y toda clase de violencia y guerra, absolutamente todo tiene su origen en el corazón humano contaminado por el virus del pecado.
Evangelio: Por la gracia de Dios, esta no es toda la información que nos brinda la Biblia. En la Palabra de Dios hay una buena noticia, un mensaje de esperanza y de salvación.
Existe un antídoto provisto por Dios: Se llama perdón. También es conocido como justificación y reconciliación.
Este antídoto Dios nos imparte a través de su Hijo, Jesucristo, el segundo Adán. Con el primer Adán vino el pecado, la muerte y la condenación. Con el segundo Adán, que es Cristo, vino la justicia, la vida y la salvación. Dice el apóstol a los romanos: “Así que, como por la transgresión de uno (Adán) vino la condenación a todos los hombres, de la misma manera por la justicia de uno (Cristo) vino a todos los hombres la justificación que produce vida” (5:18).
Jesucristo es el único que nos puede dar el antídoto que nos liberta de las consecuencias del pecado. Porque su sangre es completamente limpia, santa e inocente. Por eso Él sufrió en la cruz, por nosotros, las consecuencias del veneno mortal de la antigua serpiente que contagió a la raza humana. La muerte y la condenación que nuestro pecado acarrea, Jesús enfrentó y soportó en nuestra lugar en la cruz. Con su muerte destruyó los efectos del virus del pecado.
Al resucitar declaró su victoria sobre el pecado, sobre la muerte física y eterna, y sobre el diablo. Esta victoria sobre estos enemigos está al alcance de toda la humanidad. El perdón de Cristo está disponible para todos, porque todos están infectados por el pecado y carecen del perdón de Cristo.
No lo encontramos en las farmacias y hospitales. No está a la venta. Nos es dado en el Bautismo, en la predicación del Evangelio, en la Santa Cena. Todo sin costo para nosotros.
Este antídoto nos es inyectado mediante la fe y el poder del Espíritu Santo. Él nos convence de que necesitamos esta vacuna y la pone en nuestro corazón.
Jesucristo es quien nos declara justos y limpios porque Él nos ha justificado y limpiado con su sangre inocente y libre de pecado.
Solamente su sangre nos puede salvar, porque es la única sangre que no está infectada por el virus del pecado.
¡Si toda la humanidad está infectada y su sistema inmunológico no funciona, la muerte y la condenación son inevitables para todos! Por eso, nadie, excepto Cristo, pudo cambiar este desenlace. Porque solamente Cristo, completamente libre del virus del pecado pudo producir el antídoto y darnos su perdón y la vida eterna.
Desafío y conclusión: Ahora que estamos vacunados y estamos unidos a Cristo, podemos ayudar a la humanidad que todavía no conoce este remedio.
El Evangelio de Cristo, esta buena noticia de perdón y salvación, necesita llegar a todo el mundo. Porque el que muere antes de recibir el antídoto de Cristo, será condenado.
La necesidad es grande. Las consecuencias son terribles. La situación es gravísima. Requiere de urgencia. Pero lo más importante: hay solución.
Hay esperanza. Hay remedio. Hay tratamiento. La última palabra la tiene Dios.
Como hijos de Dios, ya salvados de este flagelo, somos impelidos por el Espíritu Santo a compartir esta buena noticia con todo el mundo. Podemos acercar a muchos el antídoto del perdón. Presentar a Cristo, hablando de su amor, de su justicia y de la vida eterna que nos atribuye por su gracia.
Este recurso es eficiente, es seguro y gratuito. No tiene contraindicaciones. Sus beneficios son incalculables, porque son eternos. Salva no solo el cuerpo, sino también el alma. Así que, seamos instrumentos para llevar esta medicina divina a todos que podamos. Amén.